miércoles, 6 de agosto de 2014

El día más feliz de mi vida





El radiante sol matutino animaba la mañana, augurando mejores días a nuestra vida. Por los vitrales de la gran catedral gótica, sus rayos se filtraban; dando un aire místico a esta cita, nuestra anhelada boda.

            Al son de las campanas, mi corazón palpita, no pudiendo contener la alegría que me anima, a volar a esas tierras; de sueños y esperanzas, con tu cuerpo sobre el mío y la fantasía desatada.

- Estamos aquí para unir a estos dos corazones en sagrado matrimonio. Hilda Esther, ¿aceptas a Marco Aurelio, como tu legítimo esposo hasta que la muerte los separe?

- ¡¡Acepto!!

- Y mi corazón, nervioso y expectante, esperaba con ansia esa sagrada pregunta

- Y tú Marco Aurelio, ¿aceptas a Hilda Esther, como tu legítima esposa hasta que la muerte los separe?

- Yo…
            Pero antes de que pudiera hablar, el ruido de las ráfagas de una kalashnikov interrumpió mis palabras; su contenido de muerte atravesó mi mortal cuerpo y formó agujeros en las paredes de la iglesia, a unos metros al fondo del altar. La multitud que nos acompañaba huyó despavorida hacia la puerta, como si fueran almas en pena; las aves que cantaban afuera apagaron sus dulces voces, embargadas por el luto.

            Quede con mi cuerpo ensangrentado, de espaldas a los escalones, con mi coronilla en contacto con la superficie de uno de ellos y mis ojos mirando hacia atrás. Fue en esa posición que pude ver a mi asesino: una figura humanoide, aún con el arma en las manos, pero cuya piel se desintegraba rápidamente en medio de nubes de vapor; la visión de un gigantesco ser, con las manos peludas terminadas en garras y cabeza de chivo con cuernos de cabra se hizo visible ante mis dolidos ojos.

¡¡Bafomet!!

            Una macabra risa femenina comenzó a escucharse por el lugar; su estremecedor sonido retumbo en las paredes de la iglesia hasta sacudir sus cimientos. Parecía que todo se iba a derrumbar hacia abajo.

            Con las fuerzas de flaqueza que me quedaban, levante mi cabeza con la nuca y la mire. La mujer, que hace unos momentos era el amor de mi vida, estaba experimentando una macabra metamorfosis ante mis ojos: se quitaba la máscara para revelar a una hermosa vampiresa de ondulados cabellos negros y su piel estaba pasando de blanco latino a roja de sangre.



¡¡Mandrágora!!

¡¡Jajajaja!!, ¡¡así es Marco Aurelio Audaz!! , ¡¡y por fin te gane la partida!!

            Todavía no lograba recuperarme por completo de las heridas de metralla, pero pude sacar fuerzas de flaqueza para parecer desafiante.

¡¡Donde está Hilda Esther!!, ¡¿qué le has hecho?!!

            En lugar de responder, los tres se pararon arriba de mi agonizante cuerpo, con la faz de un enemigo que miraba su trofeo de guerra. Aquel trío me parecía la trinidad del mal: el chivo humanoide, a la izquierda; el anciano cura, ahora con aspecto frentón y ojos de reptil y Mandrágora, la misma representación del diablo en su más seductora forma femenina. Ella puso su zapato de tacón blanco sobre mi frente, al mejor estilo de los gladiadores romanos al vencer al rival.

- ¡¡Vaya, vaya, vaya, pero si tenemos aquí al poderoso Marco Aurelio Audaz al fin vencido!!

            Pero no quise demostrarle miedo; me esforcé por sonar intimidante.

- ¡¡Te juro que pagaras por esto Mandrágora, el crimen no paga!!

¡¡Jajajajaja, que tonto eres Audaz, esto no es un cómic de superhéroes en donde un insolente como tú siempre gana!! ¡¡Es la vida real y aquí, el mal siempre triunfa!!

¡¡Maldita…

            Pero no pude terminar lo que tenía que decir; ella me pateo la cara

- Veo que te estás recuperando tan rápido como siempre, pero esta vez no será suficiente; es hora liquidarte. Por cierto, acerca del paradero de Hilda, yo la mate; tenía que hacerme pasar por ella y no podía dejar cabos sueltos. Ahora te reuniras con ella. Rasputin, ¡¡qué esperas, hazlo ya!!

            Y el cura con ojos de reptil abrió su bastón ceremonial desde la mitad, dejando ver algún extraño tipo de sable largo que reflejaba la intensa luz del sol sobre mi cara; como si me quisiera anunciar mi destino final. Con sus dos manos, lo blandió hacia arriba y su mirada de serpiente clavada sobre mi cabeza.

- Es hora de que descanses en paz.





2 comentarios:

  1. Atrapante, una vez que se comienza a leer se paraliza la respiración hasta llegar al final.

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