martes, 29 de julio de 2014

El baile de la muerte de Joe Lambada (Capítulo 12)

El carnaval de la muerte (2da parte)           

            Bajo el amparo de la jungla, Joe Lambada se movía rápido y sigiloso como fantasma en un cementerio. Sabía que tarde o temprano los hombres de Acab Michaelson repararían el cableado que había dañado, lo que restauraría las alarmas y el sistema de radar; pero también era consciente que les tomaría un par de horas, o tal vez días. Por eso, para poder matarlo, tenía que realizar el plan aprovechando dos elementos: el sigilo y la sorpresa. El primer paso era seguir aprovechando la aparente invisibilidad, que le concedía la falta de sistemas de vigilancia, para poder acercarse a los límites de la mina.

            Al estar a unos cuantos metros de la cerca, Lambada se encaramo en la copa de los vetustos árboles y desde allí uso sus dotes de francotirador logrando asesinar a unos cuantos guardias en un par de torres de vigilancia. La acción era tan precisa que luego de cada disparo los cuerpos caían en la dirección deseada, evitando así llamar la atención de quien estuviera cerca.

            Tras lograr limpiar su área de acción, Joe llevó a cabo la siguiente fase del plan: vestirse como uno de los guardias de seguridad de Acab Michaelson, o más concretamente como uno de sus soldados. Con ese objetivo en mente, se oculto en medio de la densa vegetación, bajando su pesada mochila para sacar de allí la ropa que tenía que usar. Se deshizo de los pertrechos que ya no necesitaba, quedándose con los que eran necesarios, además de las armas de reglamento de los hombres de dom Acab. Una de las cosas que sí retuvo fue el intercom y la camarita dentro del casco, con la que se comunicaba con Pedro Paulho, su pequeño hacker.

Una vez terminado de cambiarse, Joe escondió la mochila entre la densa flora, quedando bien camuflada en medio de ella gracias a su color caqui. Acto seguido, Joe puso dentro de ella un equipo GPS para poder encontrarla nuevamente después de lograr su objetivo, que no era otra cosa que asesinar a dom Acab. Listo para la acción, Joe Lambada se movilizo por el accidentado terreno con la destreza de un puma, avanzando sigiloso y ocultándose de manera presta cuando sentía que sería descubierto.

Cuando llego a la cerca, lanzó un pequeño tronco hacia ella. Comprobó que su plan estaba funcionando a la perfección, al menos de momento: sin electricidad, aquellas estructuras estaban expuestas a ser vandalizadas.

Joe sacó de su equipaje una gran tijera tenaza, con la que cortó con suma facilidad cada uno de los alambres, hasta crear una abertura lo suficientemente grande como para entrar al otro lado. Después, sacó un soplete con el fin de soldar los alambres cortados y así evitar dejar pistas de que había penetrado y por donde.

Estaba justo en el lugar correcto: donde permanecían estacionados los gigantescos camiones volquetes que recolectaban los residuos de la actividad para dejarlas en la planta de procesamiento. Se dedicó a colocar explosivos plásticos en los tanques de gasolina, cuando es sorprendido en el acto por uno de los guardias de seguridad.

¡¡Alto allí!! - ¿voce tú qué haces?, ¡¡manos arriba y quédate donde estás!!

Mientras le apuntaba con el arma, tomó la radio que estaba adherida a su cinturón para comunicarse con sus superiores, pero en lugar de mirar a Joe lo hizo hacia el costado en donde estaba el aparato. Aquella distracción de segundos la aprovecho el grandulón, para aplicarle a su adversario una llave de sambo brasileño, que en un lapso muy breve le paralizo el corazón y lo mato. Justo en ese momento, escucho el sonido de unos pasos, como de una pequeña compañía; Joe debía pensar rápido su siguiente acción.

Un grupo de cinco hombres merodeaba entre los volquetes estacionados, con sus armas listas para disparar. Con paso marcial y sigiloso, se acercaron al área en donde estaba Joe, pero no encontraron nada extraño. Segundos después de haberse retirado, la pesada puerta de la cabina de uno de los vehículos se abrió lentamente sin que sus bisagras causaran el más mínimo ruido; era el propio Lambada que salía de allí, dejando el cuerpo del infortunado adentro. Cerró la puerta del mismo modo en que la abrió, sin llamar la atención. Había dejado el cadáver adentro, creando una tumba improvisada.

Otra de sus preocupaciones era encontrar a Acab Michaelson, de quien se quería vengar. Sólo había un problema: no lo encontraba en ningún lado ni a él ni a su casa rodante; era como si se lo hubiera tragado la mina. Lo peor de todo es que aquel lugar era inmenso: cada cantera era lo suficientemente grande para albergar una ciudad y una casa rodante como la que tenía dom Acab podía perderse fácilmente de vista en aquel tétrico paisaje.

Continuo buscando y buscando durante horas, al mismo tiempo que colocaba los explosivos, hasta que de pronto, la vibración de su comunicador lo interrumpe.

- Joe, ¿me escuchas?, cambio

- Aquí Joe, ¿dime Pedro Paulho?

- ¿Has tenido suerte localizando a dom Acab?

- Aún no, cambio

-¡¡Cielos Joe, ya se me está haciendo tarde; muy pronto tendré que estudiar y hacer tareas!!. No me quedará otra opción que interrumpir mi contacto contigo de momento.

-Descuida Pedrito, ya estoy pensando en algo.

            Mientras pensaba en cómo resolver ese dilema, él continuo con su labor de adherir explosivos plásticos que se podían activar a control remoto en cada depósito de gasolina que le quedaba cerca.

            Justo cuando se estaba acercando a un camión ligero, observo que el capataz de Acab pasaba por el mismo lugar. Sabía que debía moverse deprisa para no crear suspicacia; sin embargo, como guiado por una corazonada, el hombre giro la cabeza y lo vio.

¡¡Oye soldado!! ¿qué se supone que estás haciendo tan cerca de ese vehículo?

            Joe sabía que corría el riesgo de ser descubierto, por lo que tenía que actuar de la manera más natural posible. Se irguió con toda la templanza de que era capaz.

- Yo.., me pareció que vi a una rata

El inmenso capataz vacilo un poco

- ¿Nada más?, ¿que no se te ocurrió hacer algo más importante?

- Todo el perímetro está bien seguro, señor

- Hummm, ¿cuál es tu nombre?

            Sin dar muestras de sentirse intimidado, Joe respondió

- Neymar, señor

¿Con que Neymar? – el capataz lo miró de pies a cabeza -, no sé tú, pero tu voz me resulta familiar; siento que te conozco de alguna parte. Tienes la misma estatura y el biotipo de un mal nacido que conocí; aunque esos oscuros lentes protectores que tienes me ocultan tu faz. Voy a quitártelos.

            El aspecto de aquel capataz intimidaba; aunque era apenas un poco más alto que Joe, su cuerpo macizo de luchador de sumo abarcaba el doble de espacio. Tampoco se veía como un rival lento, de hecho, tenía el aspecto de ser un formidable guerrero. A pesar de todo esto, Joe Lambada jamás había rehuido a una pelea; siempre terminaba ganando, aunque quien perdía fuese mucho más fuerte que él. Por eso no le importaba ser descubierto; si tenía que morir no lo iba a hacer sin dar un buen combate.

            Justo cuando el capataz iba a quitarle los lentes a Joe, una intensa explosión había estallado a sólo unos cuantos metros de allí; alguien había calculado mal el momento del estallido en uno de los boquetes a cielo abierto – esos mega agujeros del tamaño de una ciudad en cuyas laderas escalonadas pasaban enormes camiones llenos de mineral, lo que ya mencione al principio -, causando una avalancha que se arrastro tierra abajo, llevándose consigo todo lo que encontraba a su paso, tanto hombres como maquinaria. El capataz estaba molesto; era hora de ver qué había sucedido y no tenía tiempo de hacerse cargo de Joe. Antes de partir, le clavo una mirada penetrante en los ojos y lo señalo desde donde estaba.

- Después saldare cuentas contigo, pero primero me encargaré de esos idiotas. Mientras tanto, tú haz pedazos a esa rata. ¡¡Oigan partida de inútiles, ¿quién fue el imbécil que hizo estallar esa carga de dinamita?!!

            Sabiendo que no había tiempo que perder, Joe Lambada hizo lo que tenía planeado antes de que lo interrumpieran: puso el explosivo plástico en el tanque de gasolina de ese vehículo. Como si nada hubiera pasado, continuo caminando con el propósito de seguir colocando esos mismos artefactos en los demás tanques, después se encargaría de Acab Michaelson.

            En otro lugar de la misma mina, Acab Michaelson estaba recibiendo una llamada por su celular.

¿Qué sucede?

- Señor, hemos encontrado los cadáveres de los vigilantes del área suroeste, sector cuatro uno. Fueron impactados por tiros precisos a la cabeza; todo parece indicar que se trata de un experto francotirador.

- ¡¡Joe Lambada!! ,¡¡ inútiles, no se queden allí parados, yo no les pago para hacer nada; busquen a ese forajido y si tienen que matarlo, tráiganme lo que queda de él!!

            En toda la mina, los altavoces en donde se escuchaba la iracunda voz de Michaelson difundieron su tajante mensaje.


- ¡¡A todas las unidades, Joe Lambada se encuentra aquí!!, ¡¡organicen unidades de reconocimiento, vamos a buscar a ese bastardo hasta en el más ínfimo rincón de esta mina; quiero que lo persigan hasta el retrete!!. ¡¡Tienen sólo dos horas para traérmelo con vida y quienes lo consigan, recibirán una jugosa recompensa!!

            Aunque el mundo parecía estremecerse alrededor de él, con tanto movimiento frenético de tropas pasándole cerca, Joe Lambada caminaba de lo más normal; era como si no le fuera a pasar nada. Continuo su paso marcial, arma en mano, hasta uno de los vestidores de los mineros.

            Allí adentro, se puso a husmear las pertenencias de los mineros con la curiosidad de un gato travieso.

- Si tuviera que buscar algún traje por aquí, todo sería inútil; es evidente que el hombre brasileño le falta mucho para ser de mi talla. ¡¡Uff!!, el dueño de esta camisa se nota que es un cochino; ni con toda el agua del Amazonas podría hacer un milagro con ese cuerpo.

            Hasta encontró la carta de un niño

- Querido papi, si llegas a leer esta cartita, quiero que sepas que yo, mis hermanitos te echamos de menos aquí en Belo Horizonte. Sé que estás trabajando muy duro para darnos una vida mejor, bla, bla, bla, bla, bla…

            Joe arrugo la carta y con buen tino la hizo entrar en el tinaco de basura.

- Niño tonto, si tu papá no te ha ido ni a visitar a tu casa, es porque está demasiado entretenido con las prostitutas del pueblo para pensar en tu mamá.

            Continuo con su desmadre y en medio de todo eso, hizo caer una billetera muy gruesa. Se abrió en el suelo como un pequeño libro, mostrando sus dos extremos; en uno de ellos, resguardado tras un velo plástico adherido a los bordes de una de sus partes de cuero, estaba la foto de un apuesto joven. En su superficie, tenía escrito la siguiente frase en letra molde: “Julito, te espero en casa. Con cariño, tu Fabio”.

- Pobre de ti Julito, si tus compañeros se enteran de que eres así; siento mucho que hayas nacido en este país

            Luego vio pegada en la pared la foto de una familia feliz: un hombre joven con sus dos hijos y su hermosa mujer. Joe relleno la foto de besos.

- Lo único que envidio de ti es esta chica; disfrútala mientras puedas, si es que tienes la suerte de no terminar como la mitad de los matrimonios. Yojojojo, esa es una de las razones por las que nunca me voy a casar.

            Después procedió  a escupir al hombre del retrato.

            Joe no parecía querer parar con su jueguito de husmear las cosas ajenas, ni siquiera había lógica en que él estuviera allí; era como si tuviera algún episodio de epifanía producto de alguna droga sicotrópica o que estuviera poseído. Lo único que es seguro era que lo disfrutaba bastante; bastaba con conocer la vida de los demás para olvidarse de su propia miseria. Así fue como se dio cuenta de que alguien improviso una especie de grafiti en una de esas paredes de madera vieja y semi corroída; allí se repetía diez veces la frase “odio a Acab Michaelson”.

- Yojojojo, por fin, alguien que es honesto, que no pretende ser un obrero más que supuestamente se gana la vida con el sudor de su frente y un buen trabajo; pues no, todo no es más que una vil mentira. Ustedes trabajan en condiciones infrahumanas, expuestos a toda clase de residuos tóxicos, bajos salarios y unos jefes que los consideran poco más que ganado, ¿a eso le llaman trabajar honradamente?

            Con aires de placentero delirio, Joe continúo su monólogo.

- Partida de perdedores, ustedes se han resignado a arriesgar sus vidas abriendo grandes huecos que hasta arrasan montañas,  buscando un material escaso, ¿y para qué?, para enriquecer con él a un patán extranjero, que luego repartirá las sobras entre quienes tanto lo ayudaron, ¿y saben por qué ustedes no harán nada?, ¡¡porque así es como está Brazil!! ,!!somos la gran cantera del mundo y lo peor de todo, nos tienen engañados haciéndonos creer que ya estamos a su nivel primermundista!! Ya parecen el pretendiente bocón que embelesa a la quinceañera.

            Apenas podía contener su atrevida fanfarronería.

- ¡¡Bah!!, es por eso que ustedes nunca serán mejores que yo, por más que quieran engañarse a sí mismos con esa ideíta ortodoxa de que trabajan honestamente sin hacerle daño a nadie, mientras me consideran a mí como un bandolero. Sé también que detrás de esos aires de normalidad, todos ustedes tienen sus propios problemas; unos más que otros, pero a fin de cuentas siguen siendo unos perdedores. Yo en cambio soy eso que ustedes odian, pero sé que en el fondo me envidian, porque mientras ustedes intentan vivir acorde a lo que dicta la sociedad, yo hago lo que a mí me da la gana: como lo que me da la gana, secuestro a quien me da la gana, asesino a quien me da la gana, violo a quien me da la gana, robo a quien me da la gana. Porque a diferencia de ustedes, yo sí hago un mejor uso de mi libertad.

            Lambada saca de sus bolsillos un encendedor y un cigarrillo, consumiéndolo en el acto; luego exhala el humo con una evidente sensación de alivio.


- ¿Lo ven?, hago lo que yo quiero cuando quiero y como quiero, ¿acaso eso es tan difícil? Yojojo, incluso me doy el lujo de burlarme a espaldas suyas; qué bueno que es así, porque se salvaron de que yo les pateara el trasero a todos – al mismo tiempo, Joe tira su cigarrillo al piso y lo aplasta - . Aunque me metan en una cárcel, yo seguiré siendo más libre que ustedes y quien no es capaz de dejar de ser esclavo de la sociedad para usar mejor su libertad, entonces no merecen vivir.

            Tras eso último que dijo, dejo uno de los explosivos plásticos adheridos al piso. Salió de allí y siguió caminando con tranquilidad, en medio del ambiente imperante de alarma general y movimiento de tropas que había a su alrededor.

            Camino hasta un depósito de combustibles, en donde estaban acumuladas montañas formadas por tanques  de petróleo. Pero noto, pese a que el grueso de las fuerzas de dom Acab lo buscaban frenéticamente por toda la mina, ese rincón estaba bien custodiado por tres centinelas, de modo que debía anularlos. Se movió como una sombra a través de ese laberinto, sorprendiendo por detrás a dos de ellos con hábiles maniobras de jiu jitsu; sin embargo, tras deshacerse del segundo, no pudo evitar que el tercero se le acercara sigiloso por detrás. Con sus afinados oídos, escucho el momento en que el hombre preparaba su Glock para disparar, calculo la distancia en que se encontraba y aprovechando el largo de su pierna, le lanzo una patada hacia atrás, dándole en pleno rostro al mestizo. Éste cayó de espaldas en el suelo y su arma a unos metros de él.
           
- Yojojojo, eso te pasa por no disparar antes.

            Lambada estuvo a un tris de asesinarlo, pero luego vacilo; había tomado una decisión.

Creo que todavía me sirves, por lo que haré algo contigo.

            A unos cuantos kilómetros de distancia de allí, dom Acab Michaelson recibe una llamada por celular. No sabía que al otro lado de la línea, quien lo llamaba estaba experimentando dolor en su rostro, producto del llaveo de las grandes manos de Joe Lambada en él.

- Dom Acab, tengo al forajido; le estoy apuntando con mi arma.

            Joe estaba escuchando la conversación de manera clara, porque había activado el altavoz del teléfono móvil.

            Muy bem Menezes, tráemelo acá en la planta de procesamiento de residuos, después hablamos de tu recompensa.

            Tras colgar, Joe Lambada volvió a estar frente a frente con su indefensa víctima.

- Yojojo, gracias por la ayuda

- Cof, cof, maldito bastardo, si crees que vas a acabar con Michaelson con tus jueguitos, te tengo una noticia: tú eres hombre muerto.

- Yojojojo, ¿eso crees tú?, pues ahora mismo estoy frente a un candidato al cementerio.

- Vete al…

            Pero antes de que terminara la frase, Joe Lambada le lanza un fuerte codazo al corazón. El hombre murió al instante.

- Yojojo, ya estás allí

            Inmediatamente, Joe pegó varios explosivos en unos tanques de combustible.

            Acab Michaelson estaba muy ocupado: debía pensar en supervisar los trabajos de su mina y en cuidarse del forajido que lo buscaba. Cada dos o tres minutos, mientras caminaba entre los grandes silos de su planta de procesamiento, remarcaba alguno de sus celulares, dando órdenes y contra órdenes de forma neurótica, a la vez que se consumía como caramelos sus grandes habanos cubanos; ninguno de ellos le duraba el tiempo que él invertía en cada llamada. Giraba la cabeza cada dos o tres segundos, como si esperara una emboscada; sin embargo, no pudo ser capaz de prever cuando el sonido del gatillo de una treinta y ocho ajustada hacia atrás, lista para disparar, le apuntara por detrás.

- Vaya, vaya, pero sí eres tú otra vez, Joe Lambada.

- Viejo decrépito, ¿cómo supiste que era yo?

- Tu aliento de caipirinha y hedor a marlboro te delataron.

- Yojojo, espero que le hayas rezado tus últimas plegarias al Cristo de Río de Janeiro, porque ya te llego tu funeral.

- Te guste o no Joe Lambada, yo siempre rio de último.

- De verdad eres muy tonto o muy suicida al mencionarme; sabes muy bien que mi nombre siempre es lo último que escucha mi víctima antes de morir.

- Je, je, je, tonto tú Lambada, ¿o crees que no estaba preparado para ti?           

            Segundos después, Joe Lambada escucho cómo detrás de él un montón de gatillos jalados hacia atrás y la abertura de armas, cuyos propietarios les quitaban el seguro, se hicieron sentir en ambos costados y a sus espaldas; estaba completamente rodeado. Un envalentonado Acab Michaelson se dio la vuelta hasta quedar frente a frente con Joe, a quien tuvo que mirar hacia arriba; Joe Lambada todavía le apuntaba hacia su cabeza y Acab, lejos de alejarse, acercó su frente al cañón del arma.

- ¿Quieres matarme?, pues tienes mi permiso, jaja, jaja, pero en el momento que tú tires ese gatillo, inmediatamente morirás.

            Pero Joe se mantenía impávido, y lo siguió mirando de manera desafiante.

- Yojojojo, te sientes valiente porque estás protegido por tus matones, pero te lo advierto, mi carnaval apenas está por comenzar y tú serás la piñata.

- Desafiante hasta la muerte, el mismo Joe de siempre; lamento decirte que no te pienso matar tan rápido, luego de que hicieras lo propio con mi hijo. Pero pensándolo bien, antes de eso yo era tu mayor admirador; en reconocimiento a mi antiguo afecto por ti, te propongo un trato: voy a concederte el deseo que tienes de morir ya, pero con una condición: di tus últimas palabras.

Entonces, poseído por algún sobrenatural frenesí, Joe dijo.

- Pues en ese caso, ¡¡que estallen los fuegos artificiales!!


            Al decir estas palabras, sus sonidos penetraron a un micrófono que tenía adherido a su uniforme, trasmitiéndolo como comando de voz hacia los sensores de las bombas que había insertado por donde paso. En cuestión de segundos, numerosas explosiones térmicas se dieron casi al unísono, destruyendo todo lo que había a su paso, lo que provocó confusión entre los hombres que rodeaban a Joe.

¡¡Mátenlo ya, acaben con esta rata!!

            Pero Joe reacciono; sacó una pequeña metralleta que tenía guardada en una de las bolsas de su chaleco antibalas y acribillo con sendos tiros a la cabeza a todo el batallón. No había sobrevivido ni uno, pero cuando volvió a girar a la dirección en que hace un momento estaba parado Michaelson, éste ya no estaba.

- ¡¡Cobarde!!,¡¡vamos a ver cómo te vuelves a hacer el valiente ahora que estoy acabando con tus soldaditos de juguete!!

            Con cada comando de voz, en la forma de palabras sucias y ofensivas, Lambada activaba otro grupo de bombas, que hacían volar por los aires restos de hombres y maquinarias por doquier.

Llorando se fue
El que un día me dejo su amor

Llorando se fue
El que un día me hizo llorar

Llorando estará
Recordando el amor,
Que un día no supo cuidar

Ratata, ratatatata
Ratata, ratatatata

Llorando estará,
Recordando el amor,
Que un día no supo cuidar

            Él quería darle el toque de gracia a Michaelson, pero estaba rodeado; todo un escuadrón de fuerzas de seguridad estaba persiguiéndolo a través de los espacios que separaban entre sí a los silos de procesamiento de minerales. Tanto Joe como ellos sabían que cualquier tiro crearía un escape de ácido, letal para el cuerpo humano. Era por esta razón, que Joe sólo usaba en ese instante su pistola con silenciador, para dar tiros precisos a la vez que se escabullía por los espacios cerrados. Así se estaba dando la acción cuando de pronto, se escucharon a cierta distancia unas hélices que venían a toda velocidad allí: era un helicóptero artillado, cuyas armas emitían el reflejo de la luz del sol de manera intensa, como anunciando su carga de muerte.








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