martes, 4 de marzo de 2014

El baile de la muerte de Joe Lambada (10ma parte)



El túnel del infierno

El ruido de las hélices de los helicópteros artillados interrumpían la natural calma de la selva amazónica; los constantes sobre vuelos harían evocar a cualquiera la imagen de un enjambre de avispas buscando su presa en un frondoso herbazal, si es que se tenía la oportunidad de verlo de lejos. A bordo de uno de ellos, el líder del grupo se comunicaba con Acab Michaelson.

-¿Alguna novedad?

-Ni rastro de ellos señor, pareciera que se los trago la selva

Esa respuesta no satisfizo a Michaelson, que pregunto en tono tajante

-¿Insinúas que no los vas a encontrar?

El capitán trago saliva y procuro responder de la manera más calmada posible.

-No señor, lo que quiero decir es que estamos gastando dinero y recursos en buscar a esos desgraciados. Tal vez la selva amazónica se hizo cargo de ellos.

-Pues encuentra sus cadáveres

-Con el debido respeto dom Acab, no creo que sea prudente...

-¡Mátalos ya, o si no tu cabeza disecada ocupara el lugar de la de Joe Lambada como trofeo en la pared de mi mansión en Copacabana!!

Colgó su celular bruscamente, pero impulsivamente volvió a llamar

-Cambio de planes capitán Goncalves, mate al muchacho pero tráigame a Joe con vida

Al capitán aquella orden le parecía aún más absurda, pero en lugar de protestar le trato de aclarar un detalle que le parecía importante

- ¿Y si se resisten?

- Entonces mátalos – colgó - , después te matare a ti y disecare tu cabeza como trofeo.

Mientras Acab estaba inmerso en su discusión con el subalterno, su hijo Juan estaba cómodo en el sofá mirando el plasma colgado en la pared del otro lado de la casa rodante: un reportaje especial de TV O Globo en donde aparecía su papá.

-Boas vindas, soy Mirta de Gamma realizando un reportaje especial: hoy vamos a abordar al empresario minero Acab Michaelson, quien ha puesto en marcha un proyecto en conjunto con el gobierno de Brazil y otras ONG, cuyo propósito es hacer que los pobladores del amazonas abandonen sus técnicas agrícolas de tierra arrasada para adoptar otras que sean amigables con el medio ambiente. Boas vindas señor Michaelson.

Boas vindas, hermosa señorita

-Señor Michaelson, desde hace años lo han acusado a usted de haber creado la mayor mina a cielo abierto del Brasil y de devastar más hectáreas de bosques de los permitidos en el estudio de impacto ambiental que aprobó su proyecto, ¿no le resulta paradójico que ahora se dedique a ser un filántropo ambiental?

-Mire señorita, a mí me tienen sin cuidado lo que digan de mí los críticos, mi proyecto sigue con gran apego a la ley todas las normas incluidas en la legislación del medio ambiente del país...

De pronto el televisor se apago; un indigando Acab Michaelson había tomado el control remoto que estaba al lado del cuerpo de su hijo y interrumpió el programa.

-Deja de ver esa porquería

Juan quedo perplejo

-Papá, ¿qué te sucede?, no me digas que tiene que ver con ese mal nacido

-¡¡Ese mal nacido fue el que mató a tus dos hermanos!!

-Y pensar que lo admirabas

Acab cierra levemente los ojos y extiende los brazos con las palmas abiertas moviéndolas en señal de negación.

- Por favor, no me lo recuerdes más

-Papá, de todos modos no creo que te tengas que preocupar por él, tal vez la selva se lo trago como dice el capitán Goncalves

-Aún así quiero ver su cadáver

En serio viejo, ya tienes demasiados problemas con los grupos ambientalistas y los partidos de izquierda como para seguir preocupándote por un sólo hombre.

¡¿Y qué?!, yo voy a extraer todo mi oro aunque tenga que destruir este país subdesarrollado con mi mina, ¡oro!, ¡¡oro!!, ¿quedo claro?

Los ojos de dom Acab parecieron salirse de sus órbitas y su rostro dilatarse mientras decía esto. Era como si le obsesionara tener más oro del que podría usar en su vida.

-Jejeje, como quieras papá, por cierto, no te olvides del negocio de extraer coltan en África Central para la fabricación de smartphones.

Michaelson esboza una sonrisa de delirio en su rostro y da unas palmaditas en el hombrote derecho de su hijo.

-Bien dicho hijo, creo que es por eso que sigues con vida: eres el más listo de los tres. No te preocupes por eso, ya Michaelson minning corporation tiene presencia allí. Hace rato que negociamos con los guerrilleros del Congo y el gobierno

Cambiando de tema: ¿por qué de pronto cambiaste de opinión y ahora lo quieres con vida?

- ¿Acaso quieres saber lo que yo le voy a hacer?

Es que matarlo sería demasiado bueno para él: lo voy a colgar como vacuno en sacrificio para aplicarle electroshocks con su cuerpo mojado en agua fría; le haré mil cortes a su linda cara para que todo el mundo vea su verdadera identidad;... lo descuartizaré con unos motociclistas..., digo mejor dicho, yo mismo le pasaré con mi motorcicleta sobre las articulaciones que unen los brazos y piernas a su cuerpo...; le sacaré los ojos con un cuchillo al rojo vivo para que jamás vea llegar la muerte;... después lo colgaré desde un gran árbol para que lo coman los buitres y mosquitos. Ah, pero si todavía sigue con vida, voy a regalar lo que queda de él a una tribu de caníbales.

- Papá, dame ese honor a mí, quiero capturarlo para que le hagas pagar lo que les hizo a mis hermanos

Aquello no le hizo gracia a dom Acab

¡¡No!!, de hecho te prohíbo que salgas de aquí, al menos hasta que acabe con él; si me desobedeces yo mismo te mato

El muchacho quedo atónito

¡¡Papá!!, ¿tú de verdad serías capaz de matarme?

Pero en lugar de responderle, Acab le dio la espalda y se retiro tirando fuertemente de la puerta de su vagón, lo que estremeció completamente la estructura. Un cuadro familiar en donde aparecía un Acab más joven, con su esposa y tres hijos pequeños, cayó al piso rompiendo el vidrio que lo cubría y el marco de madera.

Casi al mismo tiempo, aproximadamente a cien kilómetros de distancia, Joe Lambada cargaba en sus hombros a un inconsciente Chico Flores hacia una aldea de chozas rurales, en lo más profundo de la selva. Una multitud de personas, todas mucho más pequeñas que él, de rasgos aborígenes y piel cobriza fue a su encuentro con mucho entusiasmo. Tanto hombres como mujeres tenían los cuerpos pintados y los pies descalzos; los hombres tenían unos elegantes taparrabos rojos, las mujeres unas gráciles hojas de plantas a modo de falda y vistosos collares que pendían de sus cuellos, pasando por sus pechos desnudos hasta algo más allá del plexo solar. En contraste con los melenudos cabellos de los hombres cortados hasta los hombros, las mujeres tenían coloridos penachos de plumas, que no sólo no opacaban sus largos y negros cabellos, sino que resaltaban aún más su belleza. Los infantes estaban como dios los trajo al mundo, exceptuando algunos que tenían pañales, camisitas con evidente toque occidental y algunos con unos cuantos pares de chacletas. Todos estaban eufóricos ante la llegada del amigo Joe, quien se dirigía bulto en hombros hacia la choza más grande.

En medio de aquella animada multitud, un hombre entre los cincuenta o setenta años salió de la entrada; lo único que lo diferenciaba de los demás hombres además de los ligeros zurcos que pasaban por su rostro revelando algo de su edad, era una guayabera celeste que contrastaba con su piel cobriza y taparrabo. Le comenzó a hablar en buen portugués.

-Joe Lambada, el demonio de la alegre melodía, estaba dando audiencia a mi gente cuando de pronto me avisaron de tu llegada. Es una alegría verte

-Sé que aquí siempre seré bienvenido, querido Utoki

-Por favor, puedes llamarme Uto

Utoki le hizo la siguiente pregunta en portugués

-¿Quién es el que estás cargando a tus espaldas?

-Es un idiota que no quiero que me estorbe.

El cacique lo hizo venir a su choza, en cuya entrada a duras penas podía caber Joe, pero por suerte para él su espacio interior era lo bastante espacioso para alguien de su envergadura. Había una hoya hirviente colgando del techo por medio de unas cuerdas y a unos cuantos metros de ella un grupo numeroso de yaraníes que estaban cómodamente sentados en una gran alfombra con dibujos notoriamente hieroglíficos; todos muy entusiastas con la mirada puesta en Joe. En otro de los extremos se ubicaba una lustrosa silla de mimbre por delante de un gran velo colgando de arriba, con un extraño dibujo hieroglífico a medio camino entre un ave fénix y una serpiente emplumada; sin duda alguna era el trono de Utoki y lo del fondo su símbolo real.

Acto seguido Joe acostó el cuerpo semidesnudo en una especie de cama hecha con hojas de plantas medicinales, que ocasionalmente usaba el propio Utoki para aliviarse de los pesares de la selva.

-No me digas que lo golpeaste con tu jab de derecha. La última vez que hiciste esa gracia terminaste matando a un hombre un poco más grande que él.

-Entonces no sería tan malo, un pendejo menos en el mundo.

Utoki se acerco al cuerpo del joven para verificar si estaba muerto y justo cuando iba a ponerle las manos, inspiro y exhalo.

-Menos mal que está vivo, ¿qué piensas hacer con él?

-Dejarlo aquí mientras se recupere del golpe, pero como es muy necio sugiero que lo mantengas bien atado por unos días; este pendejo citadino no sobrevivirá en la selva si se larga de aquí.

Utoki frunció levemente el entrecejo

-¿Y por cuánto tiempo quieres que lo deje aquí?

-Cuando termine lo que tengo que hacer, te llamaré para que luego tú y tu gente lo guíen por la jungla hasta que pueda estar a salvo en el lugar cercano más civilizado.

Vaya, ¿y qué es tan importante para como para no aceptar mi hospitalidad?, Joe, apenas acabas de llegar.

Lambada procedió a sacar de su chaleco antibalas lo que parecía ser un pequeño ídolo de madera, extendiéndolo con su mano en dirección a Utoki. Le dijo en palabras de su propio idioma yaraní.

-Vengo a pedirte permiso para que pueda entrar en las cuevas sagradas, oh poderoso Utoki, señor de los yaraníes.

Entonces Utoki, poniendo su cuerpo en posición firme y solemne, pronunció unas palabras de manera tan recatada que parecía un acto protocolar bien ensayado.

-Y yo Utoki rey de yaraníes y del bosque circundante, te doy mi permiso. Pero acorde con la ley de mis ancestros sólo puedes entrar conmigo, para que los espíritus guardianes de la cueva no tomen represalia contra ti, hombre extranjero.

-Joe Lambada le respondió con una reverencia también bien ensayada.

-Yo Joe Lambada, tu honrado invitado, acepto tu invitación.

Al poco rato iban y venían en la selva como verdaderos monos, con Utoki a metros de distancia de Joe, quien pese a su agilidad aún no era capaz de alcanzar a su pequeño amigo. Y mientras se columpiaban de una liana a otra, trepaban árboles, deslizaban por resbalosos troncos cubiertos de helechos, acosados por mosquitos con todo tipo de enfermedades y escapaban de temibles depredadores, charlaban amena mente de esta forma.

-Joe, no entiendo por qué siempre que vienes me pides permiso para que te acompañe, si tú no necesitas que nadie te lo conceda. Eres un bandolero, un forajido, no tienes ni dios ni ley

-Es que aunque todavía te cueste creerlo, hasta los forajidos tenemos nuestras propias reglas. De las pocas que tengo una dice: siempre soy respetuoso de mis amigos y sus tradiciones.

-Jijiji, si hay algo que también es cierto Joe, es que jamás serás más rápido que yo.
Iban deslizándose por un grueso tronco con resbalosos helechos con un puma detrás de ellos; Utoki impulsó su cuerpo hacia adelante logrando agarrar una liana, evitando caer en el precipicio. Joe, quien estaba unos metros más rezagado y a centímetros de ser devorado, se impulso hacia adelante para sujetarse en la vigorosa rama del árbol del otro lado; logró evadir al puma justo a tiempo, pero al llegar a la rama ésta se quebró dejándolo caer; se salvo al sujetarse puntualmente de unas ramas del mismo árbol que estaban más abajo. Con la habilidad de un chimpancé, trepo y trepo rápidamente hasta arriba para agarrar otra liana y así tratar de darle alcance a Utoki.

- ¡¡Uff!!. eres tan viejo y aún mucho más rápido que yo.

-Eso no es nada excepcional, yo nací en la selva y éste es mi hogar; no soy como tú que también te mueves por ambientes urbanos. Pero debo admitir algo, no lo haces nada mal para ser un hombre blanco, como tampoco menosprecias la selva. Eres todo lo contrario a la aristocracia criolla que vive acantonada en Brasilia, están rodeados de naturaleza y le temen a su propia jungla.

-Gracias por el cumplido, aunque no me gusto que me compararas con la gente de Brasilia, yo no vivo allí; de hecho, no vivo en ningún lugar, mi hogar es mi cuatro por cuatro.

Llegaron hasta las faldas rocosas y empinadas de una montaña, que comenzaron a escalar con esmero hasta alcanzar la entrada de la cueva.

-Llevo rato que no regreso por aquí, aunque no esperaba volver así de pronto.

-Nunca es tarde Joe, ahora sigamos avanzando hasta el túnel del infierno.

Era una maraña de túneles interconectados unos con otros, que sí tú o yo nos tocara estar allí tendríamos que resignarnos a pasar la eternidad en ese oscuro lugar. Sin embargo, esto no era un gran problema para Joe y Utoki, ambos conocían con precisión suiza aquel tenebroso laberinto; los dos iban antorchas en mano caminando por aquella penumbra de manera cautelosa hasta dar con la entrada de un túnel algo más grande que las demás y cuyos marcos rocosos lo hacían parecer un ataúd.

-Recuerda caminar con cautela o los espíritus se enfadaran y nos mandarán una maldición.

Pero haciendo caso omiso a lo que dijo su amigo, él lanzó un grito que hizo eco por todo ese lugar.

Hola, he regresadooooo

Utoki lo agarró por el brazo de manera brusca moviendo levemente su cuerpo hacia el suyo y dijo

¡¿Por qué siempre haces eso?!

¿Soy el demonio, lo recuerdas?, ésta es mi casa

-Más que la propia maldición Joe, recuerda que el área que poblamos esta sobre unas placas tectónicas altamente sísmicas; si haces cualquier ruido podrías causar un terremoto.

-No lo tomes a mal viejo, sin algo de peligro la vida sería muy aburrida.

Caminaron por tres kilómetros de túnel que parecían no acabar nunca; un sendero oscuro de tres kilómetros que haría pensar a cualquiera que iba camino a la dimensión desconocida.






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